Iñaki Silveria Lorenzo, Ciutadella
Existen una pléyade de día D, los hay para todo; uno de ellos, el 8 de marzo. Repasando los días dedicados a todos son por una carencia, enfermedad, una desigualdad, una reclamación, visualizar socialmente una injusticia... Si no fuera por lo trágico de las decenas de mujeres asesinadas (en el mundo, miles) y que sufren malos tratos por razón exclusiva de su género, no tendría mucho sentido que la mitad de la población viera chincheteado en el calendario un Día de la Mujer.
Si se contratara laboralmente según la propia valía independientemente del sexo; si no se masculinizara el prestigio y feminizaran los trabajos de menor rango; si el techo de cristal fuera el mismo para ellas y para nosotros; si el reparto doméstico fuera equilibrado... entonces sí, sería mejor que no hubiera ochomarzo. Pero los datos de desigualdad son tercos en el campo de la violencia de género, en el laboral, social, empresarial e incluso en el político y mediático. Faltan muchos ochomarzos, y, la ministra de asuntos sociales y de promoción de la mujer de la Republica Árabe Saharaui que estos días nos ha visitado, lo ha dejado claro. Nos advertía que de seguir las condiciones tan deterioradas para su pueblo, sería muy natural que volvieran a la lucha armada para recuperar no solo los territorios ocupados, sino su dignidad.
La mujer saharaui encarna esa dignidad y la emplea con un magisterio encomiable, revela la incapacidad de los gobiernos por atender la demanda de la sociedad de que es hora de que también se atienda a la cuestión saharaui. España tiene una enorme responsabilidad con el Sahara y sería hora de que se volcase en admitir que la negación de Marruecos a aceptar las resoluciones internacionales responde a un plan de destrucción del pueblo saharaui, que se basa en negar su identidad y en invalidar toda voz disidente. Las mujeres saharauis son hoy, la conciencia de un mundo lleno de injusticias, que se reflejan en sus ojos. Ojos más allá del amor y del odio: ojos de mujer, arrogantes ojos, de quien sabe luchar sin alterar sus pestañas, extinguirse sin venderse y acabar sin defraudar. Arrogantes pupilas de quienes no teniendo nada lo son todo; deslumbrante luz que avergüenza la falsedad del socialismo mercader. Humillarás tus progresistas párpados -qué remedio- ante la firmeza de un pueblo silenciado y vomitado, valedor de la fuerza de quien sabe ser desde el caudal del no tener, fuerza de mujer y pueblo. No les dejemos morir, no les dejemos solos.







